El tiempo a veces es un aliado y a veces se convierte en nuestro peor enemigo, y así se encuentra uno en un limbo entre la realidad y la incertidumbre, con agrado retomo las riendas de mi mente y trato de sentir. Mi mundo ..o mejor dicho el que me fue asignado, que continua inerte. Una confusión mental enajena nuestra historia haciéndola parecer normal. Soñando siempre con otros pensamientos por no decir otros mundos: pero qué mundos? si hoy parece que todos los mundos son iguales ...con las mismas carencias con los mismos miedos... e intentando ser diferente me alejo y en la perspectiva se ve el desarraigo personal y la realidad se asoma impúdica haciéndome sentir un extraño.
Fuegos interiores piden a gritos libertad de expresión y el arte asoma, la turba se agita intuyendo que hay una puerta abierta a la libertad, sólo que la mayoría no la quiere traspasar. Qué busco en los entrelazados caminos de esta existencia?... el amor?...la fe?...dinero?... o simplemente vivir?.
Tal parece escandaloso soñar con vivir, disfrutar es algo que no debemos sentir y siempre la culpa es de los otros, parece una lección aprendida por osmosis. Cuentos, cuentos, cuentos... todo el mundo cuenta cuentos, y los cuentos a veces son realidad.
Y hablando de cuentos, la negra Cristina se enamoró de un canario que venia de no sé dónde y su porte de boxeador hacía estremecer a las casaderas. El canario, llamado Aladino Zampaio, llegó a la casa por medio de mi padre y al momento se alborotó el avispero. Fueron días, tal vez meses, que en toda la casa se pensaba cómo iban a hacer para que a Aladino se enamorara de la Cristina y limpiara su cielo de los nubarrones de la soltería eterna que pululaba sobre su cabeza: a su vez el candidato se encontraba en un estado de incertidumbre al no gustarle demasiado el lazo que le estaban tirando para casarlo y ponía miles de excusas para restarle importancia a la trama que se urdía a su alrededor. En tanto las celestinas, convencidas de su poder, habían llegado a la conclusión de que la única forma de hacerlo caer en las garras de la Cristina era preparar un conjuro y no dudaron en acudir a la bruja de enfrente, de moda en el barrio por su poder con los hechizos del amor.
Mientras tanto la chusma del barrio relataba en la esquina las ultimas novedades de todos los sucesos y en especial de la Cristina y el Aladino. La susodicha fue citada en el templo para el viernes santo a las 12 de la noche, debía presentarse con un coco recién sacado de la palmera, una botella de aguardiente para aplacar a los santos, un pelo del Aladino, una vela roja, una manzana como la de Blancanieves y un gallo colorado que provocaría el milagro del amor. La Cristina ilusionada llegó a la casa de la Miriam en la fecha indicada acarreando sus ilusiones y la petición del santo.
A la hora estipulada comenzó el aquelarre... "ee lumbade exú"... comenzaba la plegaria que uno no sabía si era para dios o para el diablo... "vai demanyando vai tirando toda perturbación de este fío"... decía la bruja en su cantaleta mientras se tomaba el aguardiente del pico para soltar a la entidad que permanecía dormida...y de repente un sacudón daba pie a la majestuosa entrada del santo que en su jerga saludaba con autoridad a sus vasallos, que con miedo reverenciaban sin cesar y cada petición del santo era rápidamente satisfecha sin pensar. El santo se iba embalentonando, aprovechándose de su poder efímero y adquiriendo una especie de dignidad.
Alguien prendió la vela roja, preparó el menjunje de miel, ruda macho -con vino por supuesto para que la entidad no se fuera- rellenó el coco con miel y agua ardiente con el nombre de Aladino Sampaio y clavó el cuchillo en el pescuezo del gallo que empezó a desangrarse sobre la carne trémula de la Cristina que encomendada a los santos y petrificada añoraba que todo esto valiera la pena.
En tanto Aladino, divertido, desaparecía.
Nunca se supo si fue a causa del hechizo o de la divina providencia, lo cierto es que se esfumó y nunca volvió a saberse de él.
En nuestra idiosincrasia los cuentos continuaron y muchas veces no podemos vivir sin ellos, como si prescindiendo de esta farsa perdiéramos nuestra identidad.
Daniel Bera Martinez |